Patricio Segura Ortiz, Periodista. psegura@gmail.com
Cuando las nuevas tecnologías de la comunicación han elevado a la estratósfera las posibles interacciones humanas, es bueno volver al origen. A lo que nos ha permitido durante milenios conformar sociedades y emprender tareas colectivas, tanto de amor como de horror.
Ejemplo emblemático de confluencia de voluntades y visiones de mundo es Estambul. Por su posición estratégica, la que anoche fue la romana Constantinopla y ayer la griega Bizancio habilitó la convivencia de los mundos europeo y asiático que al estrecho del Bósforo llegaban para intercambio comercial y cultural.
En Estambul coexisten las tradiciones griega, romana y otomana, a pesar de lo cual indiscutible es su sello identitario y su aporte a la humanidad. Algo que también han hecho múltiples otras culturas, que en mayor y menor medida son ascendientes de lo que somos como humanidad. Incluidas las americanas, tan despreciadas originalmente por sus contrapartes europeas.
Hoy todo ello está en duda.
Ha ganado terreno la ofensiva por recuperar a la fuerza ciertas visiones y prácticas que en el último siglo fueron sucumbiendo ante nuevos valores: protección de la naturaleza; igualdad de derechos para las mujeres; reconocimiento de los horrores cometidos contra los pueblos originarios. Se ha etiquetado de causas identitarias lo que no es más que intentar poner en práctica lo que se supone nos eleva: la ética con la y las vidas.
Este debate no es nuevo. Martin Scorsese lo planteó hace tres décadas en una carta al New York Times, respondiendo a una crítica del medio a la obra de Federico Fellini, que catalogaba de aburrida o difícil de comprender.
No incluiré acá la epístola completa, bellísima y llena de humanidad. Es rastreable bajo el título "¿Por qué convertir a Fellini en el chivo expiatorio de la nueva intolerancia cultural?". Sí dejaré algunos extractos:
"A mí también me gustan las películas de acción y aventuras. También me gustan las películas que cuentan una historia, pero ¿es la forma estadounidense la única forma de contarlas?... El problema aquí no es la 'teoría del cine', sino la diversidad cultural y la apertura. La diversidad garantiza nuestra supervivencia cultural. Cuando el mundo se fragmenta en grupos de intolerancia, ignorancia y odio, el cine es una poderosa herramienta para el conocimiento y la comprensión….".
"¿Es esta mentalidad cerrada algo que queremos transmitir a las futuras generaciones?".
"Si aceptas la respuesta del anuncio, ¿por qué no llevarla a su progresión natural? ¿Por qué no hacen películas como las nuestras? ¿Por qué no cuentan historias como nosotros? ¿Por qué no se visten como nosotros? ¿Por qué no comen como nosotros? ¿Por qué no hablan como nosotros? ¿Por qué no piensan como nosotros? ¿Por qué no practican su religión como nosotros? ¿Por qué no se parecen a nosotros?".
La pregunta de fondo sigue siendo la misma, ¿qué es el "nosotros"? ¿Quiénes son los "verdaderos chilenos" o "los chilenos de bien", preguntaríamos por estos lados. ¿El que abraza la bandera o el que cuida los ríos que nutren la vida que acá se cobija?
No podría dar una definición ciento por ciento precisa. Lo que sí puedo asegurar es que el fascismo ultranacionalista no lo es.




















