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Migración y chauvinismo
Rodrigo Larraín - Académico Universidad Central
Columnista, Colaborador - 28-01-2017

Para comenzar, declaro que, a toda persona perseguida por motivos políticos debe concedérsele asilo y las condiciones para que resida en el país. Digo esto porque el debate sobre la inmigración está cargado de pasiones irreflexivas y de bastante falta de lógica. Por ejemplo, no distinguir entre inmigraciones que son corrientes migratorias (muchos venidos al país) y flujos migratorios (llegadas individuales o familiares no significativas al territorio nacional). Ahora bien, las corrientes migratorias pueden ser deseadas o no, como el caso de los alemanes, croatas, italianos y franceses que, en distinto número, vinieron a asentarse como resultado de las misiones chilenas en el extranjero para esos propósitos; no son comparables las de hoy con las de antaño.

Hace unos años llegaron vecinos a Chile que, por razones económicas venían a trabajar para, luego de mejorar su situación, volver a su país, o al menos esas eran sus expectativas; contrariamente a los migrantes de otros tiempos, no venían a ser chilenos, a fusionarse con nosotros, entes bien, perder su cultura sería un problema para ellos a la vuelta a su país. Los hijos de extranjeros terminan con la cultura e identidad nuestra según el lugar donde se asentaron.

Surge una pregunta: ¿Los chilenos debemos cuidar nuestra identidad? La respuesta trivial irá por el lado relativista, que ella es dinámica, que no se sabe bien qué es y otras semejantes. Otra es: ¿Por qué tiene que hacer Chile el ajuste social y económico de otros países? El insólito caso de México, según se aprecia de las declaraciones de su presidente y ex presidentes, es que USA debe absorber la población que México no puede mantener, y no se trata de pedir una acción solidaria, al contrario se trata de imponer al vecino la obligación.

¿Quitan empleo a los nacionales los inmigrantes? Directamente no, pero introducen una distorsión en el mercado laboral al bajar el precio del factor trabajo. La inmigración permite una deformación del mercado laboral, arbitrario, incrementando el llamado ejército de reserva. Así pues, no es inocente la inmigración en términos laborales. Cuando se dice que los extranjeros ocupan puestos de trabajo que los chilenos no quieren ocupar es falso, los chilenos no los ocupan porque no se les paga lo necesario, y los recién llegados está dispuestos a trabajar por lo que sea. Es decir, no es como dice el Director de Extranjería y Migración, que los inmigrantes traen otra cultura que nos enriquece y que, cuando se le aprieta para que especifique, dice que traen sabor, color y música: Si es ese el aporte…

Y aquí entramos a los argumentos falaces. Hay que cambiar la ley de Migración porque está obsoleta, no sabemos en qué y porqué habría que cambiarla; cuando se escuchan opiniones lo que se quiere es permitir la entrada libre. Tenemos menos porcentaje de inmigrantes que la OCDE, no se nos dice de las condiciones de los demás países y porqué esa es una cifra mágica. El más peregrino de todas es que la inmigración trae desarrollo, depende de las características de las personas que inmigran.

Hay dos experiencias migratorias descontroladas -que ignoran los que quieren cambiar la ley- como son la del Medio Oriente a Europa, que terminó copada por musulmanes ajenos al Medio Oriente y donde se reclutan los terrorista; la otra es la de los años ochenta en África, que terminó en genocidios, destrucción ecológica y dictaduras totalitarias horrendas, que a nadie interesó porque eran matanzas entre negros. Por último, claro que Chile tiene un problema de población y ello implica la necesidad urgente de una política de población, para desconcentrar la capital, desarrollar polos urbanos, estimular la familia, premiar la paternidad y dar beneficios a los padres, invertir en obras públicas, estimular la inversión en regiones, etc. Los regionalistas no levantaron esta bandera. Se prefiere que un mercado de personas de baja calificación entren para explotarlos y que el mercado arregle la concentración urbana haciendo crecer la ciudad hasta límites imposibles.

Amar a Chile no es nacionalismo ni menos chauvinismo, es preocuparse realistamente de su destino y de su desarrollo. Descalificar a los que tenemos un sentimiento patriótico, como lo hace el rector opinólogo, no un acto de egoísmo o de falta de caridad como reprochan, paradojalmente, quienes tienen valores tan relativistas.

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