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El incendio que debemos apagar en Chile
Jorge Calderón Núñez - Sociólogo
Columnista, Colaborador - 03-02-2017

Mucho se ha dicho en los últimos días respecto del incendio forestal que aún se mantiene activo en varias partes de nuestro territorio. Con mayor o menor sensacionalismo hemos logrado a través de prácticamente todos los medios de comunicación estar al tanto minuto a minuto de lo que ha ido aconteciendo.

Como nos hemos acostumbrado, las redes sociales han permitido expresar opiniones tan diversas como el propio variopinto tejido social de nuestro país. Si hay algo que forma parte insustituible en una democracia, es esa posibilidad de poder expresar libremente lo que pensamos, definitivamente es una relación indisoluble.

Con respeto, todo es posible, escuché muchas veces de boca de personajes poco ilustrados pero de gran sabiduría, de esa sabiduría que dan los años y las vivencias en la Patagonia. Y es que en el Chile de hoy existen dos cosas que nunca dejan de pasar ante una catástrofe: todos tienen opinión y todos quieres ayudar.

En esta ocasión como en otras, no sólo hablan las autoridades o los expertos, todos quieren opinar, todos tienen algo que decir. Desde expertos en combate de incendios forestales, psicólogos especialistas en control de crisis, opinólogos de farándulas, el chofer del taxi, la señora del negocio, todos casi sin exclusión, incluso gente inescrupulosa que busca sacar provecho del sufrimiento de personas que definitivamente no lo han pasado bien. A excepción de estos últimos, no estoy diciendo que este mal, estoy constatando un hecho que se transforma en un fenómeno sociológico digno de analizar. La construcción Social de nuestra realidad. 

En forma paralela, surge siempre en forma espontánea esa solidaridad muchas veces descrita de los chilenos, esa que se expresa desde el Bombero voluntario hasta la dueña de casa que aporta en cada campaña de ayuda, esa solidaridad que se transforma en energía que nos une como sociedad, que nos moviliza y de la cual nadie quiere estar ajeno. Todos, incluyendo los patagones, queremos ayudar a apagar el fuego de las miles de hectáreas afectadas, pues estamos conscientes del impacto en vidas humanas, infraestructura y recursos naturales que dejará este siniestro.

Esta situación nos afecta y nos golpea, y por eso no nos quedamos ajenos en buscar una solución. En contraste, el complejo escenario político de nuestro país es también motivo de la legítima opinión cotidiana de todos, pero a diferencia de los incendios forestales, pareciera ser que no existe el ánimo de resolver colectivamente una situación que impacta tanto o más en la vida cotidiana de nuestros ciudadanos. Se requiere con el mismo sentido de urgencia que nos involucremos todos en cambiar el estado anímico de nuestra sociedad, de recomponer la relación de los ciudadanos con el estado, sus instituciones y sus representantes.

No podemos quedarnos en echar la culpa a la señora Bachelet como gritan algunos desde la gradería, quienes más critican tienen más rechazo que la propia Presidenta.  El Gobierno, el Parlamento y las empresas están en niveles precarios de legitimidad nunca vistos, los niveles de participación de nuestro electorado para elegir autoridades no son distintos a los porcentajes con los que se eligen a los representantes de los gremios o de los sindicatos.

No podemos esperar un “Supertanker” ni un “Luchín” de la política para salvarnos de los “incendios de la Política”, son los ciudadanos organizados, votando, algunos desde la militancia, otros con opinión, incluso marchando; quienes tienen la obligación de comprometerse e involucrarse en cambiar el escenario. Todo colabora en el combate del incendio, pero quienes lo apagan son esos cientos de bomberos y brigadistas anónimos.

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