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Otoño
Patricio Ramos, Cuidadano - 18-03-2017

(Historias mínimas)

Las Cuatro Estaciones es la obra musical más conocida de Antonio Vivaldi, compuesta por allá el lejano año de 1723 y publicada en 1725. Es un concierto para violín, es decir y si tenemos la suerte de asistir a un concierto de éstos, veremos en frente un violinista que estará acompañado por toda una orquesta de cámara. Esta obra está influida por la costumbre, extendida entre los músicos de la época, de componer imitando los sonidos de la naturaleza. Así, por ejemplo, en la estructura de las Cuatro Estaciones y en el contexto del invierno, se imponía imitar a la lluvia mediante la técnica del “Pizzicato”, es decir pulsando las cuerdas con los dedos en vez de ser estas frotadas.

La obra está compuesta de cuatro grandes partes, que como sabemos representan a las estaciones del año que hoy conocemos (aunque con el cambio climático, bien procedería un replanteamiento. Es broma) cada estación se compone de 3 movimientos, y además va acompañada de sonetos, que según se dice habrían sido escritos por el mismo Vivaldi, lo que tampoco es tan claro. Para el otoño podemos leer:  “Celebra el aldeano a baile y cantos, de la feliz cosecha el bienestar, y el licor de Baco abusan tantos, que termina en el sueño su gozar” (…) Deben todos trocar bales y cantos: El aire da, templado, bienestar, y la estación invita tanto a tantos de un dulcísimo sueño a bien gozar(…) Al alba el cazador sale a la caza, con cuernos, perros y fusil, huyendo corre la fiera, síguenle la traza; ya asustada y cansada del estruendo de armas y perros, herida amenaza harta de huir, vencida ya, muriendo:”

Ayer, pasaba concentrado por el sector del Portezuelo Ibáñez, y empezando los árboles a tornarse de aquel tono naranja, caí en cuenta que el verano se acaba, como es obvio, dando paso al otoño. Atrás quedaron las vacaciones, y atrás también quedaría la demasiado breve visita de mi hijo (el cual se quedó esta vez dos meses). No poca gente empieza, recién, a aperarse de leña, reaccionando con sorpresa y muchas veces malestar ante el precio elevadísimo de ésta, olvidando que ellos mismos (los coyhaiquinos claro está) o sus padres, o sus abuelos, ya empezaban con dichas faenas en enero, o antes incluso. Los niños ya ingresaron a clases, y los tacos de la mañana siguen siendo exactamente del mismo largo y a la misma hora. 

En Ibáñez, la cosa es diferente. Y así como los sonetos de Vivaldi, ya se cosechan las manzanas, los choclos tardíos y los tomates que con el exceso de lluvias y la falta de sol han retardado su aparición. Se llenan sendos recipientes de jugo de las excelentes manzanas de la zona, que se transformarán en una chicha inigualable para el goce y contento de parroquianos y los postreros turistas, lo propio del vinagre de manzana para esos hígados grasos y aquellos del “tránsito lento”. También tenemos una muy buena cerveza. Evidentemente, ya se ve a algunos cazadores haciendo de las suyas con nuestras liebres -del porte de un perro mediano- y a los pescadores, que no ignoran que ya están subiendo las truchas marrones por el Río Ibáñez.

Nuestro Equinoccio de Otoño comienza el 21 de marzo, época que es también propicia para empezar a guardarse, y a prepararse para el invierno. En mi caso personal, el otoño comienza desde el año pasado con la partida de un hermano, que se va justo cuando comienza el tiempo de la introspección, de la caída de hojas, de otro tipo de belleza: más pausada, más bondadosa, más razonable. Esa pausa que es necesaria antes de dormir, antes que se duerma la tierra y antes que se duerma Ud. 

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