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Promesas políticas contrastadas con la realidad
Redacción, Diario El Divisadero - 11-08-2017

Hace 9 años, el entonces Ministro de Hacienda, Andrés Velasco, detalló al país una serie de plazos para alcanzar el desarrollo y fue ese mismo secretario de Estado quien vaticinó que Chile debería ser un país desarrollado el 2020.

Estamos a solo 3 años de esa meta y muchos, legítimamente nos preguntamos si el país será capaz de cumplir este complejo objetivo. Los ritmos que evidencia de desarrollo nacional y regional son en cierta forma, predecibles, y es bastante poco se ha hecho en todos estos años para romper ciertos paradigmas y estructuras de poder, para poder imprimirle un nivel más acelerado de gestión a todo cuanto genere mayores estándares de desarrollo armónico y equitativo en el país. 

Ciertamente que el ritmo público y el privado son muy distintos, y en Aysén es la impronta fiscal la que marca el sello más notorio del desarrollo. No debemos olvidar que en nuestro país convivimos aún con millones de personas en condición de pobreza e indigencia, precariedad en el empleo, fuerte dependencia de la inversión estatal en las regiones extremas y muchos otros factores que claramente obstaculizan ese propósito. Por lo tanto la propuesta parece lejana, demasiado inalcanzable y claramente, un desafío que para muchas personas no es prioritario, porque más lo es resolver los problemas que en el día a día nos muestran un Chile con mucha inequidad, con muchos problemas sociales irresolutos que, aún siendo extremadamente optimistas, nos alejan mucho de llegar a ser el 2020 un país desarrollado.

El tema es que ni ese ex ministro y permanente candidato, ni nadie, después de lanzada la idea, ha podido explicar detalladamente cómo llegar en tan acotado plazo a esa meta. Obviamente se trata de una tremenda aspiración nacional que, objetivamente, es absolutamente válida para una nación como la nuestra, que a diario transita entre el éxito económico, la estabilidad democrática y el reconocimiento mundial de ambas variables, pero que también tiene aún muchísimos problemas sociales y situaciones que son prioritarias de resolver.

Pero también son completamente válidas las visiones de quienes han hecho de la duda una variable absolutamente legítima para abordar este tema. Esto porque más de un compromiso ha existido ya en torno a esta materia y es cosa de recordar algunos discursos de hace 10 ó 15 años, cuando se aseguraba que el país llegaría al Bicentenario como una nación desarrollada, meta que simplemente no fue posible alcanzar. Pero más allá de las convicciones personales que cada chileno y chilena tenga en torno a este tema, es sano y necesario aclarar algunos conceptos y estar bien claros respecto de qué significa ostentar la calidad de país desarrollado.

Hablamos de naciones con un elevado grado de industrialización y de una alto estándar de vida de sus habitantes, todo posible gracias a la riqueza y la tecnología. Pero llegar a tener la categoría de país desarrollado, implica esfuerzos bastante profundos en diversas áreas. Es preciso replantearse antes que todo, cómo humanizamos el actual modelo económico, y enseguida podremos avanzar en la búsqueda de esquemas razonables que permitan aquel despegue definitivo, tan largamente esperado.

En esa perspectiva, claramente una de los principales desafíos de hoy es buscar nuevos modelos para el fomento de la productividad, apostar por la investigación y desarrollo como factores claves en tales procesos.

Y más allá de las teorías y fórmulas que algunos puedan esgrimir para sustentar este tremendo objetivo de llegar a ser una nación desarrollada, lo importante es también que entre todos tenemos que asumir que de nada servirá que Chile consiga entrar al exclusivo club de los países desarrollados, si primero no ha sido capaz de derrotar la desigualdad, la mala distribución del ingreso, de perfeccionar su sistema democrático y de lograr una efectiva descentralización y regionalización.

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