Los secretos del crepitar del fuego
Manuel Álvarez Lucero, Antropólogo - 13-02-2018

El sol comienza a aparecer y sus rayos luminosos se esparcen por la  pradera que despierta lentamente, las cumbres que rodean el lugar están nevadas, aunque sea verano, es el sello de la Patagonia, marcado por las inclemencias del tiempo de forma permanente, no hay estación que resista ni pronostico que le acierte, todas las estaciones se pueden juntar en un mismo día.

Marcados por la naturaleza y su clima variable y extremo, donde la leña es la preocupación constante, el habitante Aysenino de las zonas rurales  comienza su mañana con su droga de todos los días, el mate, amargo, como algunos pensamientos, trozos de tepas, coigues y mañíos van alimentando el fuego de las cocinas a leña, que humean con orgullo los cielos patagónicos, es la vida misma, única y vibrante, silenciosa y latente.

Los pueblos de la zona norte de la región crecen a un ritmo incesante, unos más rápido que otros, sin embargo, en algunos lugares parece que el tiempo se hubiera detenido, es como volver al pasado, como si los días no avanzaran con la misma rapidez que en otros lugares y los vestigios de antaño están siempre presentes, ciertas casas, ciertos patios, habitaciones donde el tiempo no transcurre y desde la pared te observan los antepasados, desde fotografías retocadas por colores y por los años,

La vida del habitante de esta región está marcada por los ciclos naturales, que son más difusos e impredecibles que en otros lugares de la tierra, es un vínculo constante y eterno, marca en muchas ocasiones la razón de cada día, define las actividades del campo y también por supuesto, el estado de animo de las personas, marcado por estos ciclos, el color del cielo, las nubes, las cumbres nevadas, el viento, los sonidos, la lluvia, la tormenta, los días y las noches, las madrugadas, los atardeceres, el calor, el frío que cala los huesos, el roció, la escarcha, el fuego que nunca se apaga y otra vez la leña, el hacha, el mate, la yerba y más pensamientos, más recuerdos, más sueños, más esperanzas, mas añoranzas de quienes no están acá, nostalgias, risas y lágrimas.

La magia y la música  están impregnada en las brasas, en el calor del fuego, en cada palo que suena, grita y llora al quemarse, como intentando decirnos algo muy profundo, como si nos gritaran secretos que llevan guardados, antes de quemarse completamente, antes de morir, este ritual del fuego es sagrado y las personas pueden pasar horas y horas, noches enteras, hasta el amanecer,  observando las llamas, las brasas, como un rito de culto al fuego, que es lo que nos salva del frío inclemente, nos calienta el agua, nos asa la carne y nos transporta por lugares inimaginables y senderos del pasado y el futuro.

En los secretos del crepitar del fuego sagrado está la historia de los habitantes ayseninos, es la vida, la fuerza milenaria, el lugar que une a la familia y los junta para compartir y conversar, verse los ojos, cara a cara, sentimiento tras sentimiento, sangre tras sangre, donde cada segundo el calor se va acercando al corazón de cada hombre y mujer, abuelos, padres e hijos y también visitantes, que comparten historias y secretos que nunca se olvidan y permanecerán en el inconsciente colectivo para siempre, como un legado ancestral, que se trasmite de generación en generación y permite que todo siga así, como ha sido siempre, cerca del infinito, cerca de lo eterno.

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