De la calidad del aire y la calidad urbanística
Peter Hartmann, Coordinador Coalición Ciudadana por Aisén Reserva de Vida - 13-06-2018

Mientras en plena temporada de hublina, aparentemente la comunidad se comienza a involucrar y la prensa nacional se festina destacando la condición record de contaminación del aire de Coyhaique, nos encontramos con que a solo unos minutos de la ciudad se avistan huemules, pumas y gatos monteses.  

Sí, ahí, si no dentro, en el borde del área sujeta a medidas de excepción por mala calidad del aíre. Esto no deja de ser simbólico. Y es difícil de negar que la capital regional y muchos otros poblados de la Región de Aysén se encuentran en lugares de gran valor natural. De que eso lo valoricemos y respetemos o no es otra cosa. De hecho, en el interesante encuentro organizado por los colegios de Arquitectos, Sociólogos, Médicos y Periodistas, sobre la contaminación del aire de Coyhaique, se nos ocurrió que el problema no solo es político, económico (con todas sus acepciones en salubridad y medio ambiente), sino también urbanístico. Eso, en cuanto a crecimiento urbano, descentralización y calidad de las construcciones, sino también en cuanto a calidad urbana o urbanística. Eso es, la densidad urbana, la existencia y calidad de espacios públicos y áreas verdes, arborización de calles y sitios, el que la urbe sea de nuestro agrado, limpia, hermosa. Sí, esto, aparte de hacernos vivir en un lugar más agradable, también podría mejorar la calidad del aíre (los antecedentes técnicos los hemos entregado en su momento).

En algún trabajo urbanístico universitario, recordamos que catalogábamos los poblados por su rol económico territorial. Así, años atrás, Coyhaique habría podido clasificarse como “campamento ganadero y servicios públicos invasores”. Sobre como clasificarla en la actualidad, habría que verlo; en todo caso se percibe a simple vista el poder de las farmacias, las constructoras, la empresa eléctrica y los vendedores de semáforos.  Y que la calidad urbana o urbanística deja harto que desear,  también está bastante a la vista.  Y en eso está claro además,  que no hemos sabido sacarle provecho a la soberbia ubicación entre dos hermosos ríos y una escenografía montañosa digna de cualquier ciudad alpina famosa.

Y vaya que cuesta intentar mejorar la calidad urbanística; los intentos desde los Planes Reguladores suelen ser saboteados por la especulación inmobiliaria, el propio Ministerio de la Vivienda y Urbanismo, la Municipalidad y hasta la Contraloría. De hecho, los planes reguladores a estas alturas no pasan de ser unos lindos ejercicios de cómo podríamos hacerlo algo mejor, porque suelen ser utilizados de papel higiénico por estos actores del mercado neoliberal. Es cosa de mirar aquel plan aún vigente y constatar que ahí donde éste por razones técnico urbanísticas determinó densidades bajas o medias, podemos encontrar un mostrario de poblaciones sociales o de inmobiliarias de alta densidad. Y eso sucede, porque tanto el Serviu como las inmobiliarias cuentan con excepciones legales para sentarse en el regulador y hacer lo que se les antoje. Por otra parte, el Minvu también suele cuidarle las espaldas a los intereses privados más que al bien público, la Dirección de Obras Municipales igual, y la Contraloría, hasta hace poco al menos, estaba teniendo una actuación bastante extraña.  Así es como se puede observar en el famoso Plan Regulador  varias áreas verdes  y zonas de restricción que ya desaparecieron hasta con tomas de razón por parte de la Contraloría  y que restaron miles de metros cuadrados de área verde a la ciudad. Y nuestros reclamos para salvar algunas de aquellas restantes solían tener respuestas insólitas. Y las áreas verdes que aún existen y zonas de restricción donde podría haber parques urbanos, son sistemáticamente pavimentados. Está bien que un parque tenga ciclovía, miradores pavimentados, aparatos y algunos muros ¡pero no solo eso! Si priorizáramos la absorción de partículas contaminantes, la producción de oxígeno y absorción de dióxido de carbono, si priorizáramos la absorción y retención y conducción de aguas lluvias, si priorizáramos los microclimas y protección climática que dan los árboles y la vegetación,  si enverdeciéramos  la urbe, si cuidásemos y restaurásemos los árboles de calle en vez de solo mutilarlos, si valorizásemos los cursos de agua que cruzan la ciudad y tuviésemos parques  urbanos de verdad, seguro tendríamos mejor calidad urbana o urbanística en beneficio de todos los habitantes.

Vale recordar además, que desde hace años hay  varios planes reguladores terminados (una inversión considerable) objetados por  la Contraloría por razones poco claras y que no se han hecho públicas. De hecho, hace unos dos años atrás el Minvu licitó y adjudicó la actualización o levantamiento de esas objeciones (sobre 70 millones) a varios de estos planes y nunca más se supo que pasó con eso. ¿A quién beneficia esta demora y estas “actualizaciones”?

Es evidente que la calidad urbanística de una ciudad o poblado es algo con fines de bien común y no de negocios para algún sector y por eso seguramente no tiene prioridad en nuestro país, donde parece que casi todo se hace por negocio o por votos. Y para que estén esos votos se requiere una ciudadanía informada y culta, lo cual por desgracia no siempre ocurre.

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