El Rechazo es Pinochet
Rodrigo Campusano Villagra - Periodista
Columnista, Colaborador - 14-02-2020

La actual Constitución, más allá de la firma de Ricardo Lagos en 2005, tiene un origen indigno y nació durante la noche más oscura de Chile, esa que dejó una enorme estela de muertos, desaparecidos, exiliados, torturados y familias disueltas al son del bombardeo trágico.

La Carta Fundamental de 1980 fue aprobada en un plebiscito trucho, sin registros ni controles legítimos, en las antípodas de nuestro actual sistema electoral. Además, todo se hizo en un país en que la policía política de Pinochet hacía y deshacía.

Rechazar la Nueva Constitución es eso, es querer permanecer con todo ese lastre a cuestas. Por eso no nos extraña que en las manifestaciones del Rechazo, míseras en número, aparezcan consignas que llaman a “matar a los comunistas” o a “desaparecerlos a todos”; que reaparezcan poleras que se mofan del lanzamiento desde helicópteros al mar de opositores al tirano. Incluso el manifestante nacionalista Sebastián Izquierdo portaba una que decía textual: “Krassnoff did nothing wrong” (Krassnoff no hizo nada malo), al momento que vociferaba: “Los vamos a matar a todos igual que la otra vez!”. Solo mentes cargadas de perversión reproducirían tales mensajes de negacionismo histórico que tan mal hace a los pueblos. Miguel Krassnoff suma más de 600 años de cárcel por horrorosos crímenes cometidos durante la dictadura. Fue uno de los soldados más leales a Pinochet y a su política de tortura, genocidio y exterminio.

Civiles medianamente más moderados, pero que en su momento aplaudieron a rabiar al reo de Londres, proponen Rechazar para Reformar. Sí, el mismo que votó contra el divorcio para -años más tarde- divorciarse. Nunca han querido reformar realmente y el mejor ejemplo es este Chile de pensiones miserables, sueldos indignos y una distribución que da vergüenza.

Rechazaron eliminar la pena de muerte y la figura de los “hijos ilegítimos”, el delito de sodomía cuando el sexo entre varones era penado con cárcel. Tampoco quisieron reformar cuando se trató de acabar con esas figuras herederas de los amarres de Pinochet, senadores designados y vitalicios, entre ellos, el propio dictador que alcanzó a pasearse, de civil y perla en la corbata, por los pulcros pasillos y salones del Congreso Nacional. Se oponen a tocar siquiera el Tribunal Constitucional que solo garantiza que la balanza se incline hacia los poderosos que redactaron la Magna Carta.

Votar Rechazo es validar el origen sanguinario de la actual Constitución. Lo veremos en esta campaña constituyente (y ya lo vemos) con el lenguaje del miedo replicado hasta el hartazgo.

Votar Rechazo es creerse el cuento de que la Plaza de la Dignidad sin pasto es la foto de un retroceso, cuando cientos de plazas en todo el país jamás han conocido el pasto. Pero no se confunda, votar Apruebo no es vandalismo, destrucción, saqueos, incendios y desolación. Todas las encuestas (las con menos prestigio y las con menos menos prestigio) y también el sentido común dicen precisamente lo contrario: que la mayoría Aprueba la Nueva Constitución y que la mayoría desaprueba los actos de violencia, a pesar de haberse desencadenado en un contexto de acumulación de rabia social, tras muchos años de atropellos y abusos; con la sobreexplotación de nuestros recursos naturales (otro tipo de saqueo y vandalismo), el sempiterno perdonazo a los políticos corruptos y el robo a manos llenas de las arcas del Ejército y Carabineros, entre tantos otros sucesos infames. La continuación de todo ese modelo se llama Rechazo, porque el principal temor de quienes rechazan es una Nueva Constitución que les quite poder y reorganice el Estado de cara a los ciudadanos y no de espalda, por debajo de la alfombra, con el permanente raspado de olla o el “ojo, que esto cuesta plata”.

El Apruebo es el futuro. El Rechazo es Pinochet.

Nota de cierre: Es una figura muy extraña que los que voten rechazo puedan, sin embargo, elegir el formato de eso que rechazan. Muchos de quienes rechazan, no podrán restarse del proceso constituyente y quién sabe, tal vez terminen integrando (no sin muecas de asco) las filas de la Convención Constituyente, que para entonces ya llamaremos, sin temor a equivocarnos, Asamblea Constituyente.

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