Réquiem por la muerte de un profesor
Rodrigo De Los Reyes Recabarren, Abogado - 01-08-2020

El día de ayer recibí la noticia de la muerte del profesor Felipe Esteban Ateca, conocido cariñosamente como “Pipo Esteban”. Las aulas, la educación, el profesorado de Chile, están de duelo. 

La muerte de cualquier persona, o más bien la muerte de cualquier ser sintiente siempre será una pérdida para la humanidad. Pero creo que la muerte de un profesor es como si se apagara una estrella en el firmamento. Tal vez esa luz no se note, pero será una luz menos que alumbre la oscura noche de la ignorancia de los pueblos.

Guardo muchos recuerdos de Pipo Esteban, todos ellos vinculados a la educación, su compromiso con el humanismo cristiano de Jacques Maritain, que lo llevó a militar toda la vida en la Democracia Cristiana, y ubicarse en su ala comprometida con los cambios sociales, su pluralismo ideológico, y sobre todo una amistad cívica, republicana, de toda la vida con mi padre, respetando cada uno las ideas políticas del otro. Guardo un especial agradecimiento, cuando en la despedida de mi padre, entre muchos oradores, Pipo Esteban hizo uso de la palabra, y su reseña fraternal fue una gran pieza oratoria. Me había hecho el íntimo compromiso de llegada la hora, reciprocar ese gesto y despedirlo. 

Pero el Covid-19, esta peste sanitaria, social y económica, y por qué no política, también, de los actuales tiempos, no perdona, y castiga más allá de la propia muerte, a quienes son familia, compañeros de ruta, y amigos de la persona afectada.

Pipo Esteban Ateca, no fue ajeno a las ideas políticas de su época, el social cristianismo primero, la encíclica Papal “Rerun Novarum” del Papa Leon XIII, ingresó a estudiar Pedagogía en Historia, Geografía y Educación Cívica en el Instituto Pedagógico de la Universidad de Chile. 

Ahí tuvo contacto con el pensamiento de Emmanuel Mounier, y amplió su horizonte sobre los derechos sociales. En Santiago vivió en el Hogar de Estudiantes Católicos, y tomó contactó con las corrientes más marcadas por el compromiso social y la voluntad de servir a Dios, haciendo un trabajo con los pobres, no sólo de espíritu sino con carencias concretas: falta de educación, justicia, salarios dignos.

Pipo Esteban, lo puedo decir por muchas conversaciones que tuve con él cuando regresé de la diáspora a vivir en Curicó, mi ciudad natal, tuvo muchos conflictos con la estructura orgánica dirigente de su partido, que consideraba que se había derechizado. Sin embargo siempre siguió siendo un demócrata cristiano de base, y renunció a todo cargo. 

Prefirió, parodiando a Helios Sarthou, un político y abogado defensor de los derechos humanos, “Equivocarse con el pueblo, las bases, que triunfar con los que traicionan al pueblo” En eso no transó nunca el profesor Pipo Esteban Ateca, que consagró lo mejor de su vida a ser un profesor de generaciones, tanto de jóvenes como de pobladores y campesinos. 

En esta hora de luto, para Curicó, su ciudad natal, que al igual que mi padre, solo la abandonaron para ir a la Universidad, y se declararon como amantes hijos de esa tierra del Maule, sin perder la universalidad, se puede decir que el duelo de un pueblo curicano, es el duelo de los educadores de Chile y el mundo. Como dije al inicio de estas palabras, la muerte de un profesor es como la muerte de una estrella, es una luz que deja de brillar para la Humanidad. Pipo Esteban Ateca, profesor, ten un buen viaje y descansa en Paz. 

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