Ivonne Coñuecar, Escritora, periodista y docente coyhaiquina
A pesar de que crecí con libros, nunca sentí que la lectura se extinguiera en esa silenciosa y profunda aventura. También estuvieron siempre presentes las historias familiares del campo. Cuando aprendí la formalidad de decodificar letras, palabras, frases, supe (porque alguien me lo dijo) que la lectura no se trata solo de libros, sino que "ahora puedes leerlo todo: los colores, las formas, las personas, los gestos, las conversaciones, la naturaleza". Fue papá quien me dijo que todo se leía. Es uno de los recuerdos que más atesoro de la infancia y que me ha acompañado en este oficio de vida.
Leer se convirtió en un refugio, en un espacio sin tiempo, donde los libros se convirtieron en amigos y los llevaba conmigo, al igual que mis juguetes. Si había que esperar, abría un libro. Entonces las preguntas se desplegaban y movían más aventuras. Imaginar respuestas y posibilidades, para acompañar la soledad intrínseca del ser humano. La escritura, luego, vino por añadidura. Pronto se convirtió en un ejercicio de vida, de observación, donde escuchar es fundamental. Escucharse en esa lectura silenciosa. Las palabras tienen un ritmo. Ese eco que va resonando en el camino, esas preguntas, la curiosidad por las palabras, imaginar e interpretar. Los libros son uno de los artefactos más alucinantes de la humanidad. Han registrado el conocimiento y nos ha legado esta sensación de antigüedad, de comunidad.
Había libros en casa, libros en la escuela, libros en esa casa de madera que nos recibía fuera del horario de clases. El 7 de octubre la Biblioteca Regional de Aysén cumplió 50 años y eso me llevó a recordar ese Coyhaique de las casas que decoraban el centro del pueblo. Quedan pocas. En la biblioteca el silencio me exigía caminar despacio por la madera que crujía. Tenía una escalera que avisaba quién iba y venía, porque con el tiempo y las visitas ya podía reconocer los pasos, unir caras y pasos de quienes atendían. A veces el olor de las cáscaras de naranja mezclado con parafina inundaban el lugar. Era una casa de muchos ángulos, donde la luz era siempre un desafío en el contraste lumínico de la Patagonia. Y así, la nostalgia también tiene mucho de lectura. Y todas las emociones, permanentemente, buscando un relato. Leer también es escucharse. Desafío grande con tanto ruido y sobreexposición sensorial actual. Leer es un ejercicio inclaudicable, para volver a encontrar la casa donde estaba la biblioteca y tantas casas que han desaparecido en nuestro pueblo. Para construir una casa propia.
Y son 50 años de la Biblioteca Regional de Aysén, sin embargo, su origen lo podemos rastrear desde 1952, cuando algunas personas crearon la Academia Literaria de Coyhaique, quienes reunieron sus propios libros y los pusieron en circulación. Personas que creyeron en el desarrollo y el conocimiento de nuestra región. Y mención aparte merece el Bibliobús, que en 1995 abrió posibilidades de mediación y democratización territorial de la lectura, llevando libros a otras localidades para seguir creando redes, y que este año estrenó un todoterreno para seguir abriendo la imaginación. Caminos diferentes al tiempo cotidiano y estructurado: existen.
























