Editorial, Redacción Al conmemorar una nueva jornada mundial dedicada a la preservación de los cetáceos, nuestro país se enfrenta a una realidad que exige abandonar las celebraciones para dar paso a las acciones concretas. Desde nuestra región de Aysén, que sirve como antesala a los frágiles ecosistemas patagónicos y antárticos, resulta imperativo reflexionar con crudeza sobre la profunda paradoja que habitamos: poseemos el invaluable privilegio de albergar en nuestras costas a la mitad de las especies de ballenas del planeta, pero simultáneamente hemos transformado el océano en una ruta mortal.
La historia reciente demuestra que la prohibición de la caza comercial no garantizó la supervivencia de estos gigantes marinos, sino que únicamente modificó el rostro de sus verdugos. Hoy en día, Chile ostenta el vergonzoso primer lugar a nivel mundial en la tasa de choques mortales entre embarcaciones y ballenas. Las estadísticas son lapidarias al señalar que los impactos con navíos representan el principal motivo de mortalidad no natural en estas aguas, explicando casi un tercio de los fallecimientos con origen determinado durante la última década. Esta tragedia es la consecuencia directa de la falta de planificación, donde las rutas del intenso transporte marítimo se superponen directamente con los hábitats vitales de estos animales a lo largo de todo el territorio nacional.
No obstante, el peligro no se limita al daño físico evidente. Existe una amenaza imperceptible y letal que viaja por los vientos desde los centros mineros e industriales hasta llegar a territorios aparentemente prístinos como la Antártica: la contaminación por mercurio. Mediante procesos de bioacumulación exacerbados en ecosistemas extremos, la versión más venenosa de este metal se infiltra en las redes alimentarias hasta concentrarse en depredadores superiores. Al absorber estos contaminantes, las ballenas actúan como centinelas biológicos que no solo reflejan la degradación de los polos, sino que anticipan peligros que podrían afectar nuestra propia salud. Es por ello que investigaciones nacionales vigentes se dedican a estudiar la toxicidad en las poblaciones de ballenas barbadas del extremo sur, buscando dimensionar el daño real frente a las alteraciones de las corrientes y temperaturas globales.
La sobrevivencia de estos cetáceos requiere de manera urgente la imposición de límites de velocidad para las navieras, la reestructuración de los trayectos comerciales marítimos, la adopción de radares preventivos y un monitoreo exhaustivo de los niveles de contaminación química. Asumir esta responsabilidad es el único camino para asegurar que nuestros mares sigan albergando la vida de estas majestuosas especies para las futuras generaciones.





















