Patricio Segura Ortiz, Periodista. psegura@gmail.com
La meritocracia, aquella idea de que las personas obtienen logros personales sólo a través del esfuerzo propio, se instaló fuerte en el Chile de los 90. De la mano de conceptos como emprendedor, capacidad de gestión, fue el marco cultural que derivó en la política actual. Los medios de comunicación y la publicidad también hicieron lo suyo, en la imagen de un Faúndez con celular que ponía al alcance de todos y todas la escalera que conducía al éxito.
Obviando la necesaria discusión sobre qué entendemos por éxito, este relato caló hondo en nuestra sociedad, en un contexto de extremación de visiones que siempre han existido por ser parte de la discusión filosófica milenaria, hoy simplificadas para reclutar adeptos a montones, tecnología e IA mediante. La idea de que lo que nos ocurre sólo pasa porque nos lo proponemos (querer es poder, el secreto de mi éxito o los límites están en la mente, son frases de autoayuda comparsa de esta mirada) y no porque hay aspectos externos que lo permiten o dificultan, ya lo puso en discusión Ortega y Gasset a principios del siglo XX: soy yo y mi circunstancia, dijo por aquellos años.
Pero, como la misma frase cobija, tampoco fue ocurrencia espontánea sino heredera de pensadores y pensadoras escrutadores del actuar humano. Los griegos, por ejemplo, reflexionaron sobre ello desde antes que el cristianismo desarrollara la idea del libre albedrío.
Lo claro es que la meritocracia no es sólo una idea. Son valores encapsulados en una palabra. Tiene mucho de individualismo, ego, éxito asociado a la materialidad, ambición de la buena y de la otra, así como falta de lectura y desconocimiento.
Porque nadie es fruto sólo de sus propias voluntades. Desde la madre que nos alimenta cuando nacemos, hasta hombres y mujeres que lucharon para que hoy tengamos las bases para desarrollarnos (para bien o para mal). Y, junto a ellos, tantos y tantas que han pensado antes que nosotros y nos han legado ideas, valores, visiones.
Tampoco hay que dejar de lado un aspecto relevante de la meritocracia asociada al éxito económico y/o al ascenso social: las coherencias y personas que han quedado (y a veces caído) en el camino.
Buen ejemplo es Donald Trump. Y en Chile, Sebastián Piñera. Ambos conocidos, y orgullosos, adherentes de la estrategia del tiburón (especie, en todo caso, desprestigiada en la comparación). Quienes en su afán por hacer negocios o ganar partidas, no trepidaron en recurrir al tráfico de influencias o la información privilegiada, o en aprovecharse para beneficio propio de la vulnerabilidad del otro. En algunos casos, incluso a amenazar.
Sobre Trump no hay que hurgar mucho para confirmarlo. Baste ver un par de videos con sus reflexiones en El Aprendiz, leer sus posteos en su propia red Truth Social o simplemente revisar la prensa para entender que lo único que le interesa es él mismo. Lamentablemente, su megalomanía ya forma parte de nuestra cotidianeidad. Igual a la de los emperadores romanos ridiculizados por la historia o el líder supremo de Corea del Norte, Kim Jong-un.
Y en el caso de nuestro ex Presidente, su competitividad extrema fue retratada en varios pasajes del libro "Piñera, historia de un ascenso" de las periodistas Loreto Daza y Bernardita del Solar. Como cuando, en plena campaña de 2009, perdió una partida de ajedrez contra un anciano en una plaza de Copiapó. El problema no fue su derrota, sino que a pesar de lo que podía significar para imagen pública, su mayor anhelo había sido derrotar al contrincante. Aunque fuera un abuelito entrado en años y quizás medio desmemoriado. Las intrincadas cláusulas en los traspasos de minera Dominga que beneficiarían a su familia cuando llegara a La Moneda o su participación en la pesquera peruana Exalmar en plena disputa con el vecino país sobre la titularidad del mar fronterizo, demuestran que para ciertas personalidades -muy meritocráticas ellas- el concepto "conflicto de interés" es un invento woke.
Cuando tal mirada, que es narcisismo puro, es parte de la personalidad, no es problema. Sí se trastoca en tal cuando ingresa al espacio colectivo, cuando esos intereses afectan a los demás, se convierten en política pública o forman parte de quien tiene el rol de dirigir los destinos de una nación. O incluso del mundo.
Es el subtexto subyacente de la meritocracia como absoluto y verdad. Y lo digo desde quien proviene de una familia de origen socioeconómico medio-bajo, en un continuo intergeneracional y que fuera el primero en acceder a la universidad, sin embargo aquello no le hace ejemplo de nada. Lo digo desde quien cree firmemente en que las políticas públicas no se pueden evaluar desde la excepcionalidad ni desde el cherry picking para justificar recortes en la educación.
Las sociedades no se construyen con superhéroes, se requiere crear las condiciones para el avance general, donde dotar a las personas de posibilidades materiales y formativas sea fundamental.
No entenderlo así obliga a quien quiera vivir en dignidad a un constante trepar en una eterna competencia anti social (sic).




















