Columnista, Colaborador La preocupación por el avance del libertarismo es legítima, pero convertirla en la atribución anticipada de intenciones antidemocráticas es demostrar un prejuicio evidente.
Esta columna busca acercarse a algo que a veces parece olvidado en el debate político: la simplicidad de las ideas, la honestidad intelectual y la capacidad de discutir sin recurrir a retóricas forzadas. Más que acumular preguntas formuladas mañosamente para conducir al lector hacia una respuesta falaz, prefiero plantear posiciones, argumentos y diferencias que puedan ser discutidas abiertamente.
Defender un Estado más pequeño, más libertad individual, mayor responsabilidad personal, seguridad, control migratorio o cuestionar determinadas políticas públicas no significa querer eliminar los derechos ni el Estado de Derecho.
El Partido Nacional Libertario propone limitar el poder del Estado, pero fortalecer su función allí donde resulta indispensable: seguridad, justicia, soberanía y protección de los derechos.
Las ideas libertarias pueden y deben ser criticadas, pero corresponde debatir sus propuestas y no asumir que quienes las defienden son una amenaza para la democracia. Eso último no es debate: es un intento evidente de cancelación.
Y aquí hay algo que también debiera entenderse: habemos quienes compartimos los valores, principios e incluso la militancia, pero eso no significa que renunciemos a nuestro pensamiento crítico. Podemos defender el proyecto político y, al mismo tiempo, cuestionar los errores, excesos o malas decisiones de miembros o simpatizantes del propio partido.
De hecho, hacerlo es precisamente consecuencia de abrazar la libertad, el pensamiento crítico y la dignidad de la persona. La lealtad a una idea no debería confundirse con obediencia ciega, ni la militancia con la obligación de justificarlo todo. Abrazamos una doctrina y no un dogma.
Si creemos en la libertad, debemos ser capaces de ejercerla también dentro de nuestras propias filas. Criticar un error no debilita necesariamente un proyecto; muchas veces es la forma más honesta de fortalecerlo.
El crecimiento electoral de una corriente política tampoco es, por sí mismo, un peligro democrático: es precisamente el resultado del ejercicio democrático.
Si creemos en la democracia, la respuesta al libertarismo no debería ser temor ni descalificación, sino más debate, mejores argumentos y la libertad de que los ciudadanos decidan qué proyecto de sociedad quieren.
No deberíamos temerle al ascenso de los libertarios, sino a una sociedad donde algunas ideas sean consideradas demasiado peligrosas para poder ser discutidas libremente.



















