Editorial, Redacción La colocación de la primera piedra del tercer CESFAM de Coyhaique es una buena noticia. No solo por la inversión —más de 30 mil millones de pesos—, sino por lo que implica en la vida diaria de miles de personas. Este nuevo recinto permitirá aliviar la presión sobre los dos consultorios urbanos existentes y, además, ofrecer atención de urgencia permanente en un sector alto de la ciudad que ha crecido más rápido que los servicios que lo acompañan.
En la práctica, esto se traduce en menos tiempos de espera, menos traslados y mayor capacidad de respuesta frente a emergencias. Para muchas familias, especialmente en invierno o ante situaciones críticas, tener atención más cerca no es un lujo: es una necesidad básica.
Pero mientras se avanza en infraestructura, la realidad vuelve a mostrar su lado más incómodo. La renuncia del único cardiólogo del Hospital Regional de Coyhaique no es solo una mala noticia puntual, es una señal de alerta.
Porque el problema no es solo que se vaya un especialista. El problema es que no hay reemplazo inmediato. Y en una región donde históricamente ha costado contar con especialistas, esa ausencia tiene consecuencias directas. Pacientes que deberán esperar más, viajar fuera de la región o enfrentar diagnósticos tardíos.
Aquí aparece la contradicción de fondo: se construyen nuevos espacios, pero no se asegura quién los habitará desde el punto de vista clínico. Se invierte en ladrillos, pero no se logra consolidar equipos médicos estables.
Y esa brecha no es técnica, es política.
Durante años, los pacientes cardíacos en Aysén han vivido con incertidumbre. La presencia de un cardiólogo residente no solo mejora la atención, también reduce la dependencia de derivaciones y fortalece la resolutividad del sistema local. Su salida, en cambio, vuelve a tensionar un sistema que ya operaba al límite.
El desafío para las autoridades no pasa solo por llenar una vacante. Pasa por entender por qué cuesta tanto retener especialistas en la región. No se trata únicamente de sueldos. Influyen las condiciones laborales, las posibilidades de desarrollo profesional, el aislamiento geográfico y la falta de redes clínicas de apoyo.
Aysén no puede ser tratado como un territorio más. Requiere políticas diferenciadas que reconozcan su realidad. Incentivos reales, estabilidad, planificación de mediano plazo y una estrategia clara de formación y retención de especialistas.
Porque si no se aborda ese problema estructural, lo que hoy ocurre con cardiología puede repetirse en otras áreas críticas.
El nuevo CESFAM representa un avance necesario y esperado. Pero la salida del cardiólogo expone una fragilidad que no es nueva y que sigue sin resolverse.
La salud en Aysén no se juega solo en la infraestructura. Se juega, sobre todo, en las personas que sostienen el sistema.
Y ahí, la deuda sigue abierta.



















