Patricio Segura Ortiz, Periodista. psegura@gmail.com
Pilar de toda sociedad es la particular forma que usamos los seres humanos para comunicarnos: el lenguaje verbal, que en su infinidad de posibles combinaciones dota de específicos y únicos sentidos a lo que expresamos. Es lo que ha permitido las maravillas y horrores en que nos hemos embarcado como especie. El lenguaje nos eleva: permite abstracciones que no existen. Y también nos une: es el gluten de la cooperación.
Heredera de la revolución cognitiva de hace 70 mil años según algunos investigadores, nuestro fundamental sistema de comunicación ha cimentado las normas escritas junto a su hermana más flexible, la tradición. Ha sido habilitante para que se alzaran las pirámides tanto como viabilizó la coordinación para ejecutar el Holocausto. Ya lo había dicho el biólogo Humberto Maturana: el lenguaje humano es esencial para la interacción social.
El historiador Yuval Noah Harari, en Sapiens: De animales a dioses, dice que "el Homo sapiens conquistó el mundo gracias, por encima de todo, a su lenguaje único". Porque, claro, todas las especies se comunican y nosotros lo hacemos a través de otras formas también, pero es mediante este artificio biológico-cultural que accedemos a una parte importante de lo que conocemos.
Esto se sustenta en que es extremadamente limitada nuestra capacidad de asir la realidad por interacción, de manera directa, por lo cual mucho de lo que sabemos está intermediado. Nos ha sido relatado.
La historia de la humanidad, de nuestro Chile y del pequeño pueblo en que vivimos nos llegó porque alguien nos la contó. Yo nunca he visto a Donald Trump en persona y confío en lo que me dicen otros (los medios): es el 47° presidente de Estados Unidos. Tengo nociones sobre su pensamiento por lo que manifiesta a través de otros intermediarios: sus redes sociales. Alguien nos dijo que Arturo Prat se lanzó un miércoles de mayo de 1879 al abordaje del Huáscar, luego de arengar con un "muchachos, la contienda es desigual". Y nosotros lo creímos.
Mi abuelo paterno, a quien no conocí, se llamó Felipe. Me lo dijo mi padre. Mi abuela materna llegó desde el sur a Santiago. Me lo dijo mi madre. Y yo lo reitero como verdad.
Porque para que se transmita la realidad debe haber confianza. Fe en lo que el otro expresa, convicción de que es cierto.
Y dentro del lenguaje verbal, rol clave cumple una de sus unidades básicas: la palabra. Tanto es así que ser una persona "de palabra" tiene una alta carga positiva, admirable. Ya lo dice la Biblia, necesario de recordar en días en que se diluye la separación Estado/Iglesia: Dios primero fue verbo.
Hoy es época desafiante para la palabra, en sus más amplias posibilidades. El productivismo y utilitarismo de quienes nos gobiernan, y parte de la población, están en una guerra desatada en contra de todo lo que no sea materialidad, económica fundamentalmente. Aunque el problema pareciera ser de otra índole: privilegian cierta economía, porque la cultura y el cuidado de lo natural sí pueden entregar beneficios económicos y sociales. Pero para ello se requiere dejar el vuelo rasante y facilista. Y es en esta refriega donde desmerecen, desde los más diversos niveles, a la hermana mayor de la palabra: la reflexión. ¡Vengan esos insultos y emoticones!
Esta corriente de antiintelectualismo, como se le ha llamado, aparece por doquier: en los recortes presupuestarios, con especial énfasis en los ministerios de las Culturas y Ciencias; en la paralización de los programas de formación de posgraduados. Aunque no son los únicos, se plantean como sectores símbolo de iniciativas descartables.
También, en los portonazos mediáticos a la investigación científica, atacando de paso los "libros preciosos", dejando en el aire la idea de que la generación de conocimiento es un gasto, un gustito innecesario.
La última parada de esta involución ha sido desvestir de sentido las palabras. Mentir en campaña siempre ha sido posible, pero no pareciera que con tanta desfachatez. Hoy a los compromisos que no se pretende cumplir se les llama "metáforas" y a las exageraciones "hipérboles", dos conceptos que, paradojas de la política, para entenderlos se requiere precisamente de acceder a las lecturas que desde la institucionalidad temporal se escamotea. Quizás por ello el Presidente Kast se da el lujo, ramplón claro está, de arrojarlos al foro público sin saber claramente qué significan. ¿Para qué, si los poetas no dan empleo?
Hoy la palabra está bajo metralla. Es lo que ocurre cuando cierta falta de escrúpulos llega al poder, algo que recorre no sólo Chile sino que todo el planeta. Es cosa de ver los afiebrados mensajes que líderes (políticos, empresariales) de todo color diseminan minuto a minuto.
Pero aún hay patria, dijera quien leyó la historia. Es responsabilidad de quienes aún creemos en la importancia de las palabras, en sus más amplias dimensiones, reivindicar su valía. Que en días de oscuridad son ellas las que nos permitirán volver a la senda que ha recorrido la humanidad y que algunos intentan, con la fuerza del dinero, el cinismo y la tecnología, desandar.



















