Editorial, Redacción Coyhaique se encamina a cumplir 100 años y no se trata de una fecha menor. Un centenario no es solo una conmemoración simbólica ni una oportunidad para cortar cintas; es también una ocasión para preguntarse qué ciudad somos y, sobre todo, qué ciudad queremos ser.
En ese contexto, la propuesta del alcalde de levantar una torre mirador bicentenario en el sector del parque urbano aparece como una iniciativa atractiva. La idea de construir un hito visible, reconocible y con vocación de permanencia tiene sentido. Las ciudades necesitan símbolos, espacios de encuentro y obras que proyecten identidad más allá de la contingencia diaria. Una capital regional como Coyhaique requiere también infraestructura urbana que dialogue con su historia y con su paisaje.
Pensar en una torre mirador como emblema de los 100 años puede ser una buena decisión. No por su altura ni por su impacto visual, sino por lo que podría representar: una ciudad que mira su pasado, pero también observa con claridad su futuro. El problema no está necesariamente en la idea, sino en la forma en que esa idea se instala.
Porque cuando una obra pretende transformarse en símbolo colectivo, no basta con que sea arquitectónicamente interesante. Debe ser también socialmente legítima. Y ahí han surgido las primeras alertas.
Desde el Colegio de Arquitectos hasta vecinos y organizaciones de la comunidad han planteado una inquietud razonable: faltó mayor participación ciudadana en la definición de esta iniciativa. No se cuestiona solo el proyecto, sino el proceso. Y esa diferencia es fundamental.
Las ciudades no se construyen únicamente con hormigón y acero. También se construyen con conversación pública, con acuerdos mínimos y con la sensación de que los habitantes fueron parte de las decisiones que marcarán su entorno por décadas. Cuando eso no ocurre, incluso una buena idea comienza a generar distancia.
La crítica no debe leerse como una oposición automática al proyecto. Al contrario, puede ser una oportunidad para fortalecerlo. Escuchar a la ciudadanía no debilita una propuesta; la vuelve más sólida. Incorporar miradas diversas no retrasa el desarrollo, lo legitima.
En regiones como Aysén, donde históricamente muchas decisiones relevantes se han tomado desde lejos o sin suficiente consulta, la participación no puede ser vista como un trámite decorativo. La gente quiere opinar sobre su ciudad, sobre sus espacios públicos y sobre las obras que se financiarán con recursos que también son de todos.
Más aún cuando el financiamiento de esta torre mirador todavía no está asegurado. Quedan tres años y seis meses para la conmemoración del centenario de Coyhaique, y aún no existe claridad sobre el origen de los recursos necesarios para concretar esta obra.
Ese dato no es menor. Porque una idea sin financiamiento corre el riesgo de transformarse en promesa, y una promesa sin respaldo puede terminar convertida en frustración. La experiencia regional está llena de proyectos anunciados con entusiasmo que luego quedan atrapados entre estudios, observaciones técnicas y presupuestos que nunca llegan.
Por eso, además del debate arquitectónico y urbano, aquí hay una discusión de gestión política. El desafío no es solo diseñar una torre atractiva, sino construir una ruta realista para hacerla posible. Y eso exige liderazgo, articulación institucional y una estrategia seria de búsqueda de recursos.
El centenario de Coyhaique merece ambición, pero también realismo. Merece visión, pero igualmente diálogo. No se trata de elegir entre participación o ejecución, sino de entender que una necesita de la otra.
Una obra de esta magnitud no puede nacer únicamente desde el municipio ni sostenerse solo desde la voluntad del alcalde de turno. Debe transformarse en una causa compartida, donde la ciudadanía sienta que ese hito también le pertenece.
Tal vez faltó socializar mejor la propuesta. Tal vez aún hay espacio para corregir ese déficit. Y probablemente este sea precisamente el momento para hacerlo, antes de que el debate se rigidice y la oportunidad se desgaste.
Todavía hay tiempo. Lo urgente hoy es terminar un diseño arquitectónico convincente, pero también abrir con mayor fuerza la conversación con la comunidad y avanzar con seriedad en la consecución de los recursos.
Un centenario no se recuerda por la maqueta que se presentó, sino por la obra que logró construirse y por la forma en que esa obra fue capaz de representar a su gente.
Coyhaique necesita un símbolo para sus 100 años, sí. Pero necesita aún más que ese símbolo nazca desde la ciudad y no simplemente sobre ella.


















