Chaqueteo

Trabajando con argentinas y argentinos, me doy cuenta de una particular y fundamental diferencia en nuestras reacciones cuando contamos algo, una buena noticia, una cosa linda que nos pasó.
En Chile, el chaqueteo, esa costumbre tan nuestra de tirarle la chaqueta a alguien que le está yendo un poquito mejor, ya sea para escalar por encima de él o ella, o simplemente para apaciguar la envidia e impedir que siga subiendo, es una triste firma nacional.
En Argentina ocurre todo lo contrario: llegan a parecer zalameros de lo buena onda cuando les cuentas algo. Ocupan palabras rimbombantes que al final te caen bien. Sin duda, mucho mejor que las pesadeces que te puede decir un compatriota ante una buena noticia: ah, pero eso te va a salir mucho más caro; no te creas, dicen que esa señora al final te caga; yo creo que hiciste un mal negocio, en un tiempo te darás cuenta; y así, suma y sigue, siempre tirando un poquito de mala onda, como quien no quiere la cosa, ¡qué pesados!
Ah, pero sos un genio; tremeeeeendo, alargando la segunda e y mirándote a la cara sonriente; eso te va a traer pura felicidad, y frases así. Diría que al otro lado del cerro te acomodan la chaqueta para que subas más confortable a donde quiera que vayas.
Hay algo bastante más comunitario en el alma argentina, esa cosa a mí me encanta, y me reafirma que uno es con la gente y nunca contra la gente, que somos una comunidad, aunque algunos pretendan vivir muy lejos de la realidad, o con la mirada clavada en su rectángulo digital, tal vez en las cumbres solitarias del poder.
Es evidente que esto no quiere decir que en Argentina no existan la mala onda o la envidia, sin embargo, en la puerta de los vínculos, allí donde se siembra amistad, ellas y ellos suelen reaccionar de buena fe, y no carcomidos por ese síntoma, esa desconfianza enquistada en nuestra alma nacional. Y eso va mucho más lejos, mucho más allá, de los mentados 30 años y más atrás, mucho más atrás, que la dictadura.