Jessica Igor Chacano, Periodista y magíster en Relaciones Internacionales
Estas últimas semanas millones de personas hemos seguido con entusiasmo la Copa Mundial de Fútbol 2026, y resulta inevitable pensar en uno de los principios que históricamente han distinguido a este deporte, el fair play, el juego limpio. La convicción de que el resultado importa, pero nunca por encima de las reglas.
Sin embargo, incluso ese principio parece comenzar a desdibujarse. Cuando el presidente Trump llama por teléfono al presidente de la FIFA, para que levante la suspensión al seleccionado estadounidense, Folarin Balogun para que pueda participar de los octavos de final, no cabe dudas de que si eso sucedió, sin pudor, ni disimulo, cualquier cosa se puede esperar.
Tal vez una de las características más preocupantes de nuestro tiempo, sea la creciente normalización de conductas que antes habrían generado un rechazo inmediato. Vivimos una época en la que pareciera que el cumplimiento de las normas dejó de ser un principio para convertirse, muchas veces, en un obstáculo que algunos intentan sortear según su conveniencia.
La política, lamentablemente, no ha sido la excepción. No hace falta mirar hacia afuera para encontrar ejemplos, ya que en nuestra propia región hemos sido testigos de episodios que han debilitado la confianza ciudadana. El hoy senador Miguel Ángel Calisto enfrenta uno de los momentos judiciales más complejos de su trayectoria política, con una acusación fiscal que solicita una pena de doce años de presidio en una investigación que continúa su curso.
Más recientemente, la recién asumida seremi de Desarrollo Social, Luz Valeria Villegas, debió reconocer públicamente haber cometido "un error", luego de que organismos fiscalizadores determinaran que salió del país mientras hacía uso de una licencia médica, situación que derivó en la revocación del beneficio por parte de la COMPIN. Me pregunto, ahora ¿ya no se revisan antecedentes para asumir un cargo público?
No corresponde a una columna de opinión reemplazar el trabajo de los tribunales ni emitir condenas anticipadas. Pero sí corresponde preguntarse qué está ocurriendo con nuestros estándares éticos cuando hechos de esta naturaleza comienzan a sucederse con una frecuencia que parece anestesiar a la ciudadanía.
El problema ya no radica únicamente en quienes infringen las reglas, lo verdaderamente preocupante es que como sociedad comenzamos a acostumbrarnos a un laissez faire, laissez passer en todos los aspectos. Cada nuevo caso provoca menos sorpresa que el anterior, la indignación dura unos días, luego es reemplazada por otro titular, mientras la confianza pública continúa deteriorándose silenciosamente.
Las leyes son indispensables, los organismos de control también, pero ninguna democracia puede sostenerse únicamente sobre sanciones. La primera barrera siempre será la convicción personal de que existen reglas que deben respetarse, aun cuando nadie esté mirando.
Cuando el juego limpio deja de importar, ya no sólo pierde el deporte o la política. Perdemos todos, porque junto con las reglas también comienza a erosionarse el bien más difícil de recuperar, la confianza, y por supuesto nuestro patrimonio, porque a la larga la corrupción y los fraudes se pagan de nuestro bolsillo.






















