Columnista, Colaborador
Hay noticias que duran un día. Después desaparecen, no porque hayan dejado de importar, sino porque aprendimos a convivir con ellas. Hace algunos días supimos que las denuncias por delitos sexuales aumentaron un 27,8 % en la Región de Aysén y, casi con la misma rapidez con que el dato apareció en los titulares, comenzó a diluirse entre otras urgencias, como si el porcentaje hubiese agotado, por sí solo, todo lo que había para decir.
Sin embargo, un número nunca es solamente un número, menos aún en una región donde las distancias son cortas y las vidas terminan cruzándose. Aquí las noticias no ocurren lejos. Ocurren donde transcurre la vida: en la escuela, en el trabajo, en la casa de una vecina, en el camino de vuelta o detrás de una puerta que hemos cruzado cientos de veces sin saber lo que ocurría al otro lado. En Aysén las estadísticas no son anónimas; aunque nunca lleguemos a conocer sus nombres, sabemos que hablan de alguien que vive entre nosotras.
Quizá por eso inquieta tanto lo que viene después o, más precisamente, lo que no viene, porque una vez publicado el porcentaje vuelve el silencio y con él la sensación de que la tarea quedó cumplida, como si informar bastara cuando, en realidad, apenas debería ser el comienzo.
Un aumento en las denuncias no significa necesariamente que exista más violencia sexual, puesto que la evidencia demuestra que estos delitos permanecen muchas veces ocultos y que denunciar depende de múltiples factores: reconocer lo vivido, encontrar una red que la sostenga, confiar en que será escuchada y creer que las instituciones serán capaces de responder. En consecuencia, la pregunta deja de ser cuánto aumentó el porcentaje y pasa a ser otra, mucho más incómoda: ¿qué hizo posible que hoy más mujeres y niñas denunciaran?, ¿qué presencia existió antes del expediente, antes de la atención clínica, antes del juicio?
Porque siempre hablamos de lo que ocurre después. Después de la denuncia aparece la investigación; después, la atención; después, la protección. Sin embargo, la prevención habita otro tiempo: allí donde una niña aprende que su cuerpo le pertenece; donde una adolescente comprende que el consentimiento nunca puede reemplazarse por el miedo; donde una profesora sabe cómo acompañar una revelación sin revictimizar; donde una vecina reconoce una señal de alerta y donde una comunidad decide no volver a guardar silencio.
Entonces las preguntas cambian de lugar. ¿Qué campañas recorrieron realmente los territorios?, ¿qué comunidades fueron escuchadas?, ¿qué espacios educativos se fortalecieron?, ¿cómo dialogan salud, educación, justicia y protección?, ¿qué evaluación existe sobre esas acciones?, ¿qué aprendieron de ellas?, ¿qué sigue pendiente? Porque conocemos el porcentaje, pero casi nunca conocemos las respuestas.
La transparencia no consiste únicamente en publicar datos; exige también explicar, rendir cuentas y permitir que la ciudadanía comprenda qué se está haciendo para que otras niñas, adolescentes y mujeres no tengan que seguir convirtiéndose, años después, en una estadística.
El verdadero acontecimiento no fue el 27,8 %. Fue descubrir que la violencia nunca vivió lejos; vivía entre nosotras, caminaba por las mismas calles, compartía las mismas escuelas y respiraba el mismo territorio. Quizá lo único verdaderamente nuevo fue que, por un instante, una cifra nos obligó a mirarla de frente.




















