Columnista, Colaborador
Durante años venimos desarrollado tecnologías para hacer nuestras vidas más llevaderas, o al menos eso pensamos cada vez que aparece una nueva generación de computadores o una nueva aplicación para el teléfono. Parecen lejanos aquellos días en que, para acceder al conocimiento, había que entrar a una biblioteca, o en que estar informado sobre lo que ocurría en el mundo exigía esperar las noticias de la televisión, la radio o el diario en papel. Eran experiencias que requerían tiempo, y este siempre se nos presenta escaso, lo que deja en evidencia uno de los grandes temas de la humanidad, la posibilidad de dedicar tiempo a actividades no productivas y disfrutar del ocio.
En ese marco imaginamos, más de una vez, cómo sería un mundo con herramientas que nos permitieran no gastar tiempo en cuestiones accesorias y dedicarnos a lo importante, cualquiera que fuese para cada uno. Hoy vivimos en esa realidad. Estamos rodeados de instrumentos que nos hacen la vida más rápida y fácil, nos hemos vuelto más productivos y, al mismo tiempo, más ambiciosos. Si antes podíamos hacer una cosa, ahora podemos hacer muchas más, y si nada nos impide hacerlo, lo hacemos. Pero esto ha generado una situación que no estaba en las expectativas originales. Mejoramos nuestras condiciones de producción, pero no necesariamente con el objetivo de mejorar nuestra calidad de vida. Lo único que ha mejorado, sin duda, es la capacidad de producción. Importa más el crecimiento material, que el tiempo del que podemos disponer para desarrollar otros aspectos de nuestras vidas.
Pasamos de valorar el proceso, el camino, a enfocarnos únicamente en el resultado, y eso terminó ocultando al sujeto y toda su complejidad, dejando a la vista solo la arista productiva, o, mejor dicho, la que busca riquezas. La expectativa de tener más tiempo para el desarrollo emotivo ha sido completamente desplazada por un tiempo destinado por entero a hacer cosas, muchas cosas.
¿Dónde está el tiempo con los otros? ¿Dónde queda el espacio para crecer como personas? Todos estamos siempre ocupados, todos corremos por si acaso, nadie se atreve a demorarse y mucho menos a permanecer sin hacer nada. Parece obsceno el privilegio del ocio y no hay espacios para la equivocación. Los avances tecnológicos no necesariamente nos han hecho más humanos, en muchos casos, nos han empujado a comportarnos como máquinas, sin margen de error, sin necesidad de descansar, con el único fin de hacer más y mejor de lo que ya hacemos.
Creo que es hora de reflexionar sobre esta realidad y volver a adueñarnos de nuestros sueños y motivaciones. Lo verdaderamente revolucionario será permitirnos la fragilidad y recordar que una vida no se mide por lo que produce, sino por lo que logra experimentar.






















