Editorial, Redacción Aysén lleva años esperando que la idea de una zona franca deje de ser una aspiración y empiece a tomar forma. Desde 2012 se habla de esta posibilidad, pero los avances han sido escasos. Por eso, el nuevo impulso que encabeza el gobernador Marcelo Santana merece atención.
La mesa de trabajo que reúne al mundo empresarial busca pensar un modelo que responda mejor a las condiciones de la región. En esa búsqueda, la reciente visita a Uruguay permitió conocer una experiencia distinta, vinculada a zonas económicas especiales. Más que copiar una fórmula, el valor de ese viaje estará en identificar qué herramientas podrían servirle a Aysén.
Una zona franca no se justifica solo por el nombre ni por las expectativas que despierta. Debe tener objetivos claros, reglas que den confianza y una propuesta capaz de generar actividad económica, atraer inversión y abrir oportunidades para las empresas locales. También debe explicar qué cambios concretos produciría en el empleo y la vida regional.
En Aysén, las distancias, los costos de transporte y el tamaño del mercado condicionan la actividad de muchos negocios. Un diseño que ignore esas dificultades corre el riesgo de quedarse en una ventaja sobre el papel, sin cambiar las posibilidades reales de invertir o producir. La pregunta no es solo qué beneficios ofrecer, sino cómo hacer que respondan a las necesidades de los distintos sectores y alcancen también a las empresas que ya trabajan en el territorio.
El trabajo con el sector privado es importante por eso. Los gremios conocen las barreras que enfrentan sus actividades y pueden ayudar a construir una iniciativa con los pies en la tierra. La mesa debe ordenar prioridades y detectar obstáculos, no solo reunir apoyos en torno a una idea atractiva.
Pero el acuerdo regional será apenas una parte del camino. Después habrá que convertir las ideas en una propuesta sólida y conseguir respaldo del Ejecutivo y del Congreso. Se necesita claridad sobre el modelo y cómo se evaluarán sus resultados. Una iniciativa así necesita algo más que entusiasmo.
Aysén tiene motivos para mirar esta discusión con interés, pero también con cautela. Las promesas de desarrollo pierden fuerza cuando pasan los años y no se traducen en decisiones. Esta vez, el desafío es aprovechar el impulso y evitar que la conversación vuelva a quedar detenida entre estudios, reuniones y anuncios.
Catorce años después de que la demanda tomara fuerza, la región necesita saber qué modelo quiere, qué beneficios espera y qué pasos concretos vienen ahora. La zona franca no se va a construir solo con voluntad, pero sin una propuesta compartida y una ruta clara, seguirá siendo una idea pendiente.






















