Manuel Álvarez Lucero, Antropólogo
El invierno en Coyhaique no avisa, se instala con la parsimonia de un viejo conocido que no necesita pedir permiso. Comienza siempre con esa nieve silenciosa, traicionera, una coreografía blanca que cae del cielo con una delicadeza hipnótica. Para los ojos forasteros, y para la nostalgia romántica de algunos locales, esa primera capa es pura magia. Transforma el paisaje urbano en una postal perfecta, donde los árboles y los techos de zinc se tiñen de un blanco inmaculado. Pero quienes habitamos este rincón de la Patagonia sabemos que esa belleza inicial es, en realidad, una trampa perfecta.
Es una nieve traicionera que maquilla las imperfecciones del suelo mientras conspira con el termómetro para cambiar drásticamente las reglas del juego en las próximas horas. La fascinación dura lo que tarda en irse el sol. Rápidamente esa masa blanda que cubría calles y aceras comienza a transformarse. El frío patagónico hace su entrada magistral y las temperaturas desploman sin piedad hasta alcanzar los doce grados bajo cero. Es ahí donde la magia se triza y emerge la verdadera crudeza del invierno patagónico.
La nieve compactada da paso a la escarcha, esa capa vítrea y despiadada que lo coloniza todo. La ciudad se convierte en una gigantesca pista de patinaje involuntaria donde el simple acto de caminar se transforma en un deporte de alto riesgo. Ya no se camina de frente, se avanza de lado, midiendo cada centímetro, con el cuerpo tenso y la mirada fija en el suelo, en un ritual diario que te va cansando poco a poco.
Las consecuencias de este congelamiento generalizado no se hacen esperar y alteran por completo el pulso de la comunidad. En las avenidas principales y en las escarpadas calles de las poblaciones altas, el tránsito vehicular se vuelve una ruleta rusa. Los choques por alcance, los autos cruzados en las esquinas y los frenazos inútiles forman parte del paisaje cotidiano. El crujido del metal contra el metal compite con el silbido del viento.
En las veredas, la situación no es más amable. Los resbalones y las caídas están a la orden del día, llenando la sala de urgencias del hospital regional con muñecas fracturadas y caderas magulladas. La escarcha no respeta edades ni condiciones, democratiza el peligro para el peatón común.
Aparece el enemigo invisible, esto es el congelamiento del agua. Las cañerías se rinden ante los doce bajo cero, interrumpiendo el suministro básico en muchos hogares. El soplete, la sal de mar y el aislamiento improvisado con plumavit se vuelven artículos de primera necesidad.
Vivir el invierno aquí exige una resiliencia particular, una paciencia de piedra para lidiar con la hostilidad del clima. Al final del día, la nieve que parecía mágica nos recuerda nuestra fragilidad. Mañana habrá que abrigarse bien otra vez, calzarse los zapatos con mejor agarre y cadena liquida y salir nuevamente a la calle, desafiando a la naturaleza un paso a la vez, pateando el hielo implacable de nuestra querida y dura geografía.
Sin embargo, en medio de este escenario hostil brota una calidez indomable. La solidaridad vecinal se activa con el mismo rigor que la escarcha: se comparte la leña, se empuja el auto atrapado en la subida y las cocinas a leña se vuelven el epicentro de la resistencia. El mate circula de mano en mano, tibio y eterno, mientras afuera el viento sigue barriendo la nieve.
"Pateando hielo" no es solo una queja contra la cruda escarcha, es la declaración de identidad de un pueblo que aprendió a caminar con paso firme sobre la adversidad de los elementos.



















