Antes de construir una ciudad, la imaginamos. La dibujamos en planos, la levantamos en maquetas, la esbozamos en conversaciones técnicas y políticas. El ejercicio de la planificación urbana siempre ha sido una forma de visualizar, colectivamente ?a veces entre muchos, otras desde pocos? cómo queremos habitar el espacio. Hoy, esa proyección ya no se hace solo con lápiz y papel: usamos renders hiperrealistas, escenarios de realidad virtual y simuladores urbanos que permiten predecir lo que aún no ocurre.
Uno de los pensadores que mejor expresó esta idea fue Kevin Lynch, figura fundamental del urbanismo moderno. En La imagen de la ciudad, Lynch propuso que las ciudades no solo se recorren, sino que también se leen, se interpretan y se recuerdan. Para ello, identificó cinco elementos esenciales en la percepción urbana: caminos, bordes, nodos, distritos y áreas destacadas. Su aporte fue relevante para los urbanistas: entender que el espacio urbano no es solo una estructura física, sino también un imaginario compartido. La ciudad, entonces, no se construye únicamente con cemento, sino también con las imágenes mentales que formamos colectivamente de ella.
Hoy, ese ejercicio de imaginar la ciudad se potencia con tecnologías que permiten visualizar escenarios, anticipar comportamientos y modelar impactos en tiempo real. Renders hiperrealistas, realidad aumentada, simuladores urbanos y sistemas de inteligencia artificial son parte del nuevo repertorio técnico con el que se proyecta lo urbano. Pero estas herramientas no son neutras. Como advierte Saskia Sassen en su trabajo sobre ciudades globales, las infraestructuras digitales también organizan relaciones de poder: determinan quién accede a la información, quién toma decisiones y sobre qué territorios. En ese sentido, la inteligencia artificial no solo transforma la forma en que se planifica, sino también quién tiene el control sobre ese futuro proyectado.
Estas tecnologías ya se aplican en distintas ciudades del mundo. En Copenhague, por ejemplo, los semáforos se ajustan automáticamente a la velocidad de los ciclistas para facilitar la continuidad del pedaleo. En otras ciudades, se ha avanzado hacia la movilidad como un servicio (Mobility as a Service), que integra distintos modos de transporte ?metro, buses, bicicletas, scooters o autos compartidos? en una sola plataforma digital. Así como hoy armamos nuestros propios paquetes de streaming y aplicaciones, ya existen formas de combinar servicios de transporte ajustados a las necesidades de cada persona, en función de sus trayectos, horarios y preferencias. También se utilizan modelos predictivos para planificar escenarios urbanos en función de variables cambiantes: crecimiento económico, migración, inversión en infraestructura. Y en paralelo, las redes inteligentes ?o smart grids? permiten redistribuir recursos como agua o energía en función de la demanda, anticipando fallas o sobrecargas.
La gestión de residuos también se ha beneficiado de estas tecnologías. En ciudades como Barcelona, los camiones recolectores operan con sensores instalados en los contenedores que indican cuándo están realmente llenos, optimizando las rutas de recolección y reduciendo emisiones. En materia de seguridad, algunas cámaras inteligentes ya pueden identificar patrones de comportamiento que podrían derivar en conflictos o situaciones de riesgo, permitiendo una reacción más rápida por parte de las autoridades. Se trata de herramientas que, bien utilizadas, pueden mejorar significativamente la eficiencia urbana.
Sin embargo, estas herramientas no solo permiten gestionar mejor la ciudad; también abren nuevas preguntas sobre el poder. ¿Quién diseña los algoritmos que toman decisiones urbanas? ¿Quién tiene acceso a los datos y la capacidad de intervenir sobre ellos? El riesgo no está en la tecnología en sí, sino en lo limitado que puede ser el acceso a sus beneficios para ciertos grupos. Cuando las plataformas digitales y los sistemas de inteligencia artificial están disponibles solo para algunos, el derecho a imaginar y construir la ciudad se vuelve más excluyente, menos democrático.
Retomando a Kevin Lynch, la ciudad sigue siendo una imagen compartida. Una construcción colectiva que no debería definirse solo desde los datos, sino desde las voces, experiencias y necesidades de quienes la habitan. La inteligencia artificial puede ser una gran aliada para visualizar futuros posibles, pero solo si está al servicio de una planificación más justa, participativa y transparente. Porque al final, no se trata solo de proyectar la ciudad con nuevas herramientas, sino de decidir, como sociedad, quiénes tienen el derecho ?y la capacidad? de imaginar lo que vendrá.