Patricio Segura Ortiz, Periodista. psegura@gmail.com
Hace un par de semanas, en el aeropuerto Balmaceda y previo a ingresar a la sala de embarque, extravié mi carné. Y el ticket del vuelo. Y mi teléfono. Era la tormenta perfecta, adornaría el cliché de los desastres. Sin forma de comunicarme con la familia que ya había pasado el pórtico, y los funcionarios DGAC y PDI sin posibilidad de moverse del punto fijo, todo hacía presagiar -engalanaría el otro cliché- que me quedaría varado en tierra.
Pasados varios minutos sin solución en el horizonte, una que no significara matonear ni amenazar a nadie, que es lo que en ocasiones campea en el Chile ganador actual, una pasajera de la fila a quien no conocía se ofreció, sin pedírselo, a contactar a mi esposa que nada sabía del embrollo. Entró, la ubicó y le transmitió el mensaje, transformándose en el eslabón clave para viajar aquel día. Como saben vuelan, escasos minutos de retraso pueden ser la diferencia entre una jornada normal y una pésima.
Esta experiencia, que por cierto no es un acto heroico como de las películas a las que nos han acostumbrado, renueva la esperanza de que el sentido común también puede estar pavimentado de acciones positivas. Que no significan obtener nada, más bien imprimir un esfuerzo extra, cuando se ayuda a quien lo necesita.
Por esos días, ya en Santiago, en un condominio se estaba decidiendo sobre la posibilidad de entregar un beneficio a quienes integran el Comité de Administración. Las opciones eran descontarles de los gastos comunes un 30%, 20% o 10%. También estaba la alternativa de no rebajar nada.
Los resultados del escrutinio fueron elocuentes: un 44,23% aprobó el descuento de un 30%; el 17,52% de un 20%; el 15,56% de un 10%, y el 22,69% votó por no aplicar beneficio alguno para quienes voluntariamente destinan tiempo, energía e incluso recursos económicos para que todo funcione bien en el espacio compartido.
El gasto común mensual de ese condominio está entre los $80.000 y los $100.000. Y tiene poco más de 300 departamentos, recibiendo unos $25 millones mensuales por este concepto. Si se toma como referencia el canon más alto y un Comité de Administración de cinco integrantes, el monto total a descontar mensualmente sería de unos $130.000. Esto representa un 0,5% del total de los ingresos. Es decir, a quien paga un gasto común de $100.000 le costaría cerca de $500 mensuales y a quien desembolsa $80.000, algo así como $400.
Claramente, las situaciones no son totalmente comparables, la especificidad de cada decisión es única y no dan cuenta de demonios ni de santos. Tampoco que la Patagonia desborda de seres de luz mientras que en Santiago abundan los desalmados. Porque a estas alturas, de todo hay por doquier.
Sin embargo lo dicho, sí hay actitudes y acciones que aportan a la construcción colectiva que requerimos como sociedad. Que nadie se construye solo, aunque desde algunos espacios que fomentan la individualidad por sobre el bien común nos intenten convencer de lo contrario.
Es el "relato" o la "batalla cultural" de la que constantemente nos hablan. Conceptos que se pueden representar en la simple acción de ayudar a alguien en apuros así como en aportar una ínfima parte de nuestro patrimonio para que eso que llamamos interés colectivo del que somos parte permanezca como puntal de la sociedad.





















