Redacción, Diario El Divisadero
Por: Patricio Ramos, ciudadano. ecolegis@gmail.com
La visión, y en general los sentidos de los seres humanos son bastante limitados, como indeseable consecuencia de milenios de civilización y sedentarismo. Ello, a diferencia de cualquier otro animal del planeta ?hasta los que consideramos más rudimentarios: así, topos, armadillos y rinocerontes, que son bastante miopes, han desarrollado un olfato que les ha permitido sin dificultad, no solamente sobrevivir, sino prosperar durante millones de años; lo propio decimos del murciélago cuyo oído es excepcional y corto de vista como el que escribe.
Cuando hablamos de los humanos, uno no solamente habla del ver, del captar, del aprehender con alguno de los sentidos cierto fenómeno físico.
Me refiero a nuestra capacidad para localizar y entender todos los alcances y aspectos de las cosas que pasan y nos pasan. O el efecto íntegro de nuestras decisiones, las que tienen consecuencias; algunas predecibles y que son las que nos llevan a actuar en lo inmediato, a decidir; y otras ?las más numerosas- aquellas que trascienden lo personal e inmediato. Efectos inabordables para nuestro entendimiento limitado de las cosas. Tanto, que la fenomenología, disciplina filosófica se ha dado a la tarea de explicar algo como esto.
¿Qué cosas, aparte de lo obvio, nos dicen algunos de los acontecimientos que nos rodean, sobre todo los que estimamos más trascendentes?: la partida aparentemente inexplicable de un amigo joven, que la vida es frágil, que hay que disfrutarla pues se acaba más pronto que tarde, que debemos tener todas nuestras cuitas y querellas resueltas, que hay también diligencia en ello ¿Qué nos quiere decir la vida cuando nos pone en predicamento de tener que encargarnos de una vida, cuando siempre la nuestra fue una suma de soledades y de movimiento como las veletas? Acaso una lección de amor filial a falta del paternal, la superación del egoísmo, etc.
¿Qué consecuencias mediatas tiene el optar por tal o cual trabajo?; y a propósito, ¿qué consecuencias tiene el no calificar para aquel?: qué nos está queriendo decir (la vida, el creador o el universo para los más metafísicos que creen en esas cosas).
Y ahora: ¿cuáles son esas señales en la nomenclatura de la cita bíblica de bajada del título de hoy, tanto para decidir qué camino tomar, qué puerta elegir, como para entender las razones de tal o cual acontecimiento o resultado?
Pereciera, según este texto, que el predicador de Galilea nos pide algo bastante modesto, por lo menos en lo que respecta a él, pues las señales a las que alude son, en definitiva, profecías antiguas del propio pueblo judío ?que deberían haber sido conocidas para la época-, que Juan el Bautista lo venía gritando en el desierto durante años, además de ser las señales aludidas extremadamente ostensibles, empezando por los milagros y portentos que se le atribuían a este.
Pero no, la verdad es que las señales, el significado de los acontecimientos, las consecuencias mediatas de nuestros actos son difusos, y como ya dijimos, solo podemos sospecharlas, imaginar sus contornos.
Pareciera que, no pudiendo ver las señales, o a lo menos con la claridad que hace vencer nuestras dudas, el tiempo se ha encargado, en mi caso, de arrojar luz sobre decisiones que he tomado y las omisiones que he cometido, pagando normalmente con creces aquellas. Asimismo, el tiempo me mostró la sabiduría de ciertos acontecimientos que en su momento estimé terribles.
Y con esa idea me quedo normalmente frente a las incertidumbres inmediatas. Tal vez, algunas cosas no necesitan esclarecimiento, solo echar andar la intuición y el entendimiento de que la vida se explica y acomoda sin que requiera que la entendamos a cabalidad, aprendiendo a sortear las olas como buen navegante.
Dedicado a nuestro amigo Paulo




















