Manuel Álvarez Lucero, Antropólogo
Quienes habitamos o crecimos en Coyhaique compartimos un código secreto, una memoria sensorial grabada a fuego y escarcha. Es el recuerdo de aquellos inviernos de antaño, donde la Patagonia no pedía permiso para imponer su ley. Hablar de los meses fríos en la capital de la Región de Aysén era, inequívocamente, hablar de la nieve. Aquella masa blanca y pesada no era una visitante mística ni un evento de fin de semana; era la dueña de casa. Los techos de las viviendas se transformaban en gruesos bloques de hielo y las veredas requerían palas y sal antes de que el sol —siempre esquivo— asomara detrás del cerro Mackay.
El invierno de antes se vivía con la épica del aislamiento, pero también con una mística comunitaria que hoy parece disolverse en el barro de la modernidad.
Hoy, la realidad nos abofetea con un paisaje drásticamente distinto. Los inviernos actuales en Coyhaique se han vuelto marrones, grises y, sobre todo, secos. Las nevazones históricas, esas que congelaban las cañerías por semanas y suspendían las clases de forma masiva, han pasado a ser anomalías en los registros meteorológicos o simples publicaciones de nostalgia en redes sociales. El cambio climático dejó de ser una advertencia científica abstracta para convertirse en una cruda experiencia cotidiana: la lluvia invernal ha desplazado a la nieve, lavando la identidad de una ciudad que solía lucir con orgullo su traje blanco.
Sin embargo, el cambio más dramático y doloroso no está en los cielos, sino en el aire que respiramos día a día. Los inviernos del pasado olían a bosque, a madera noble quemándose lentamente en las cocinas a leña que temperaban el hogar y hervían la tetera simultáneamente. Era un humo que se dispersaba en la inmensidad del valle. El invierno de hoy, en cambio, huele a emergencia ambiental.
La geografía que nos protege del viento nos juega en contra, y la inversión térmica encierra sobre la ciudad una densa capa de material particulado fino (MP2,5). La leña húmeda, combinada con un crecimiento urbano explosivo, ha transformado las postales de ensueño en alertas sanitarias donde salir a correr o ventilar una casa se convierte en un riesgo para la salud.
La paradoja es brutal: tenemos menos frío y menos nieve, pero el encierro es mayor. Antes no podíamos salir por los caminos cortados o la escarcha traicionera; hoy nos refugiamos para proteger los pulmones de nuestros hijos y personas mayores. El recambio tecnológico avanza a paso lento en una población arraigada a su cultura y a sus costumbres energéticas, mientras miramos con extrañeza las cumbres circundantes de nuestros cerros, que cada año retienen sus glaciares con mayor dificultad.
Coyhaique sigue siendo el corazón latente de Aysén, un refugio de inmensa belleza, pero su invierno ha perdido la inocencia. Añorar la nieve del pasado no es un simple ejercicio de romanticismo; es el lamento por un equilibrio ecológico y cultural que se nos escapa de las manos.
Esta semana las aplicaciones climáticas nos pronostican varios días bajo cero, donde la escarcha será el principal adversario, siempre transitamos al borde de la cornisa, en un esfuerzo patagónico diario y cotidiano en búsqueda del bienestar.
Mientras transitamos hacia soluciones energéticas que limpien nuestros cielos, nos queda adaptarnos a esta nueva era, donde el verdadero desafío patagónico ya no es sobrevivir a la crudeza de la tormenta blanca, sino aprender a convivir con su preocupante ausencia.




















