Cada vez que hablamos de corrupción, la mayoría de las veces se nos viene a la mente un escenario político, la mayoría de las veces concatenado con el mundo empresarial. Sin embargo, nunca nos preguntamos cuál es el momento en que comienzan las conductas corruptas en un ser humano. Seguramente nuestra capacidad de raciocinio tendrá mucho que ver en esta conducta, lo más probable es que así sea. ¿Pero realmente está relacionada con el poder, o se trata de una conducta que podría darse en cualquier individuo, independientemente de la autoridad que tenga?
Al consultar el diccionario, aparece una lista de sinónimos de la palabra corrupción, tales como deshonestidad, depravación, envilecimiento y prostitución, entre otras. Si observamos situaciones de la vida cotidiana, quizás podamos encontrar mayor información y nos den la clave para llegar a la raíz de las conductas deshonestas. Aunque claramente la codicia podría ser el motor para llegar a estas acciones. Igualmente sería interesante analizar cómo evolucionan estas conductas.
Hace un par de años, cuando me trasladé a vivir a otro país, tuve la oportunidad de observar y analizar conductas, desde lo cotidiano, que me eran totalmente desconocidas. Acciones domésticas, como darle una pequeña dádiva al conserje del edificio para que haga el favor de recibir la correspondencia especial y entregarla de buena gana. Cosa que, desde mi punto de vista, nunca debió ser, ya que esa persona recibía un sueldo para hacer su trabajo y, entre esas tareas, estaba el recoger y entregar la correspondencia, incluso aquellas entregas excepcionales o exclusivas a quien se lo requiriese. Entonces, ¿por qué habría que darle un extra?
La anécdota citada anteriormente es solo una de los tantos ejemplos cotidianos que podría mencionar como pequeños actos de corrupción. Pero también existen en nuestra sociedad y en nuestra comunidad, y quizás los tenemos tan normalizados que no los consideramos como una acción deshonesta. Cuando vamos al banco, por ejemplo, y justo nos encontramos con que el ejecutivo a cargo es nuestro amigo, y que al vernos sonríe y nos hace un gesto para que nos saltemos la fila, y pasemos a atendernos. ¿Alguna vez nos hemos cuestionado esta acción o hemos pensado siquiera un segundo en no hacerlo? No.
Así van escalando los actos de corruptela, como pequeñas acciones inocentes e inocuas. Pero, ¿qué sucede si un día ese mismo conserje del ejemplo del país X llega a ocupar un cargo de dirigencia sindical, o si el ejecutivo amigo del banco de nuestra comunidad llega a ser presidente de esa entidad financiera? ¿Acaso cambiarán sus hábitos o mantendrán la tendencia de buscar atajos, de aprovecharse de privilegios o de hacer favores a cambio de beneficios futuros?
Es en este punto donde radica la verdadera preocupación. La corrupción no comienza en las altas esferas del poder, sino en las acciones más cotidianas y desapercibidas. Es fácil criticar a los políticos y empresarios corruptos, pero nos cuesta mirarnos al espejo y reconocer que, en menor escala, también participamos de un sistema que normaliza lo indebido. La corrupción es una cadena de pequeñas transgresiones que, con el tiempo, se convierten en grandes problemas estructurales.
Si realmente queremos erradicar la corrupción, debemos comenzar por nosotros mismos, cuestionando nuestras acciones diarias y promoviendo una cultura de integridad. No basta con exigir transparencia a los gobiernos y empresas; es necesario aplicarla en nuestras propias decisiones, por insignificantes que parezcan. Solo así podremos aspirar a una sociedad más justa y equitativa.