Ivonne Coñuecar, Escritora, periodista y docente coyhaiquina
No son pocas las comparaciones de Coyhaique con Macondo, el realismo mágico de García Márquez que interpela nuestra fibra. Hace poco el pueblo, como siempre lo he llamado, cumplió 97 años y, con un paso desordenado e improvisado, ha crecido y también ha borrado parte de su propia historia.
Hacia el final de Cien años de soledad, hay una frase que borra el pasado. Cuando Aureliano Babilonia, perteneciente a la última generación de los Buendía, busca una respuesta sobre su identidad y necesita conocer el origen de su nombre, de dónde viene y quiénes fueron sus antepasados, acude a los archivos de la iglesia, pero los documentos están deteriorados, las fechas no coinciden y la genealogía se convierte en un laberinto. Entonces el párroco le dice: "Hace muchos años hubo aquí una calle que se llamaba así, y por aquel entonces la gente tenía la costumbre de ponerles a los hijos los nombres de las calles". No hay alusión a ningún relato histórico, solo se limita a la simple denominación de las calles.
La escena es irónica y trágica. Las calles se han convertido en leyendas porque ya no existe una comunidad capaz de registrar su pasado. Algo similar sucede con la producción literaria de nuestra región y con la forma en que esos registros, de ficción y no ficción, dan cuenta de quiénes fuimos y de qué manera se fue construyendo el territorio de Aysén, en estos más de mil doscientos kilómetros entre archipiélagos y Campos de Hielo.
¿Cuántos libros de autores y autoras de nuestra región y de la Patagonia están en los planes de lectura de los establecimientos educacionales? ¿Qué hacemos con la oralidad y su registro? Cuando conmemoramos también la literatura da cuenta de los procesos históricos e identitarios. La obra de Enrique Valdés, por ejemplo, nos representa de un modo siempre contemporáneo para encontrar nuestras propias aventuras en torno a las preguntas sobre cómo, cuándo y desde dónde llegaron nuestras familias. Nuestros apellidos, reiterados por varias generaciones, contienen relatos que rozan lo mítico-mágico, muchas historias aún sin registro, que deben ser rescatados por quienes habitamos, de forma física o simbólica, la Patagonia.
Porque a pesar de que nuestros consumos culturales sean de aldea global, el territorio de Aysén también nos habita y camina hacia los cien años, ojalá no de olvido, como lo que sucede con las calles de Macondo. Y aunque abarca más de un siglo si consideramos Melinka, Balmaceda y a los pueblos originarios, cuando las generaciones futuras busquen su historia, ojalá no se encuentren con alguna autoridad del pueblo (o de la capital) que les haga sentir que solo somos una anécdota. La producción bibliográfica de las comunidades importa, construye un punto de fuga, construye el tejido social y enriquece el conocimiento.























